Capítulo 28 La sentencia de Montevideo
Carmen estaba inmersa en la rutina de su vida en Montevideo. Clases, reuniones, consultas. Tenía su propio curso en la Facultad, varios años de carrera, siendo ya Profesora Agregada. Había armado un equipo docente del que estaba orgullosa. Mucho trabajo online, así se había vuelto la vida de muchos luego de la pandemia que había habituado a todos a estar más encerrados. Estaba pasando mucho tiempo escribiendo, sobre la base de lo investigado y vivido en Santiago.
Ya se iniciaba mayo.
Luego de los primeros dos meses del año que fueron muy precipitados, los siguientes dos meses transcurrieron linealmente. No se presentaron mayores sobresaltos en el seguimiento de las novedades de las acciones judiciales de acá y de allá, ni tampoco en su trabajo como asesora del comité de supervisión de Infranet System.
Esa noche, fue Carmen quien caminó sola por la Rambla, pero por la zona de Punta Carretas. El Río de la Plata estaba gris, casi metálico. Pensó en Julián Acosta, en cuánto habían pensado en él estos meses pasados. En su obsesión con los patrones ocultos. En el archivo encriptado que había dejado programado para enviarse si algo le ocurría.
Ese archivo había sido el detonante de todo.
- No fue solo para callarlo - murmuró para sí - . Fue para ganar tiempo.
El homicidio había retrasado la revelación, pero no la había detenido. El algoritmo había salido a la luz. Las pruebas habían llegado a los tribunales. La sentencia en Santiago de Compostela había marcado un precedente.
Sin embargo, quedaba esa sombra: el autor intelectual del homicio era invisible.
Carmen comprendió algo con una claridad que le dolió: tal vez ese nombre no aparecería nunca. Tal vez la novela de la justicia, como la vida, no siempre cerraba con todos los cabos atados.
En el mes de mayo, el juez encontró culpable a Soria por homicidio especialmente agravado. La confesión era detallada en lo material: la compra del sedante, la espera en el pasillo del hotel, el golpe seco contra el marco de la ventana antes del empujón final.
No mencionó a nadie más.
Carmen fue a la lectura de sentencia. También estaba Ledesma y representantes de Transparencia Global. En la puerta del juzgado, un periodista le preguntó:
- ¿Caso cerrado?
Ella lo miró a los ojos, luego el cielo despejado.
- El homicidio tiene responsable. La verdad completa es otra cosa. - le contestó con convicción.
Esa noche, en su escritorio, Carmen abrió un documento nuevo. No era un informe judicial. No era una demanda.
Era una reconstrucción.
Escribió: “Julián Acosta no murió por accidente. Murió porque sabía demasiado y porque alguien temió que el conocimiento fuera más peligroso que el silencio”.
Se detuvo. Pensó en lo que vendría. En las repercusiones institucionales, en los proyectos de regulación que ya comenzaban a discutirse, en las resistencias.
El algoritmo mordaza había sido expuesto. Pero los sistemas que lo permitieron seguían allí, intactos en su estructura.
Carmen cerró la laptop. No era el final. Era el punto de inflexión.
Y por primera vez desde el capítulo inicial de aquella historia, sintió que el detonante - la caída en el patio interno de un hotel - había encontrado su lugar en la trama.
No como un cabo suelto.
Sino como la grieta por donde entró la luz.
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