Capítulo 30 Sin la mordaza
Santiago de Compostela amanecía con esa luz oblicua que convierte la piedra en memoria. Había llegado nuevamente el verano a Galicia. Eran los últimos días de junio, terminaban los cursos universitarios y había que tomar evaluaciones, cerrar actas. Por eso, como todos los años, Carmen había vuelto a Santiago. Estaba sentada en un banco de la Praza do Obradoiro, con el sobre de la sentencia apoyado sobre las rodillas. No era la primera vez que la leía, pero sí la primera vez que lo hacía sin urgencia. Era la sentencia de los tribunales españoles.
El caso principal - el del algoritmo manipulado, el de las decisiones automatizadas orientadas, el de la arquitectura diseñada para invisibilizar ciertos contenidos y amplificar otros - había terminado con una condena clara. Con base en el derecho europeo, donde se había analizado la circunstancia de manipulación algorítmica a la luz de reglamentos y directivas, se encontraron responsabilidades empresariales que fueron muy claramente establecidas. Impusieron multas ejemplares. Obligaciones de auditoría y transparencia impuestas, solamente aligeradas - incluso algunas llegando tarde - por el propio sistema implementado reactivamente por Infranet Systems con el asesoramiento del grupo de expertos entre quienes se encontraban Carmen y Marina Anido.
No era una revolución.
Era un precedente y bien fuerte.
Las dos causas abiertas, la uruguaya y la española, habían terminado rápidamente en sentencia. Una condena por homicidio en Uruguay y cuantiosa multa a Infranet System en España. Además de investigaciones abiertas para plataformas digitales a nivel de Bruselas, a consecuencia de la implementación realizada del algoritmo mordaza, que todavía no estaban definidas y demorarían bastante más. Las responsabilidades penales de directivos, revisadas en España, no se habían encontrado a nivel individual. El resultado de lo jurídico era ese.
Tomás Sánchez salió del Pazo de Raxoi donde había estado reunido, llegó caminando hasta el banco donde lo esperaba Carmen, unos minutos después y se sentó a su lado.
- Ahora sí - dijo - . Está firme.
Carmen asintió. Infranet Systems había decidido no apelar.
- ¿Sabes qué es lo más curioso? - preguntó él - . Que al final todo empezó con una caída, que fue un homicidio para impedir que esto detonara.
Ella no respondió de inmediato. Observó a los peregrinos que llegaban a la plaza con mochilas gastadas y rostros emocionados. Cada uno traía su propia travesía, invisible para los demás. Estaban en una ciudad donde se distinguían turistas de peregrinos muy claramente. Igual que había gallegos en todo el mundo, los que vivían en Galicia y los de fuera, pero todos gallegos por igual.
- Esto no empezó con la caída trágica - dijo finalmente - . Empezó con una pregunta.
Julián Acosta había empezado a hacerse preguntas técnicas. Se preguntó por qué ciertos patrones se repetían, por qué determinadas variables eran priorizadas, por qué los resultados coincidían demasiado con ciertos intereses.
El homicidio fue el intento de clausura.
Pero la pregunta sobrevivió.
En Montevideo, al mismo tiempo el inspector Walter Ledesma cerraba el expediente físico del caso Acosta. El situación de Soria había derivado en una condena firme. Homicidio especialmente agravado. Pena de penitenciaría.
Soria nunca habló del autor intelectual.
Ni una palabra más allá de lo ya confesado.
Ledesma apoyó la mano sobre la tapa del expediente. Sabía reconocer una verdad incompleta. Pero también sabía cuándo el sistema había hecho todo lo que estaba a su alcance.
- No siempre se llega hasta el fondo - murmuró para sí - . A veces se llega hasta donde se puede.
Antes de archivar definitivamente, agregó una nota interna: “Persisten indicios de contratación por encargo. Sin elementos probatorios suficientes para formalizar nueva línea investigativa.”
No era una rendición.
Era un límite jurídico.
Noches más tarde, de regreso en Montevideo a mediados de julio, Carmen volvió a su apartamento con una sensación distinta. No de triunfo. Tampoco de alivio pleno.
Era más bien una conciencia ampliada.
Encendió la lámpara del escritorio y abrió el documento que había ido escribiendo en paralelo al proceso judicial. No era un libro todavía. Era un mapa.
Releyó el primer párrafo:
“Julián Acosta no murió por accidente. Murió porque sabía demasiado.”
Agregó un último párrafo.
“El silencio no siempre es ausencia de sonido. A veces es diseño. A veces es algoritmo. A veces es miedo. A veces es una mordaza impuesta.
La justicia puede sancionar conductas, imponer multas, dictar condenas.
Lo que no puede - o no siempre - es desarmar por completo las estructuras que las hicieron posibles.
Esa tarea exige algo más que tribunales. Exige vigilancia cívica, pensamiento crítico y una ética tecnológica que todavía estamos aprendiendo a construir.”
Se detuvo.
Pensó en Andrés Figueroa, cuya responsabilidad en el homicidio nunca pudo acreditarse - ni siquiera insinuarse con base firme - , pero cuya posición de poder había quedado expuesta en el entramado empresarial. Pensó en los consejos de administración o directorios que, tras la sentencia, en sociedades comerciales y corporaciones de todo el mundo habían comenzado discretamente a revisar protocolos. Pensó en los legisladores que hablaban ahora de regulación algorítmica con una seriedad que antes no tenían. Y pensó, también, que le faltaba llegar a un dato más, un nombre más que probablemente fuera la respuesta pendiente.
El caso había sido una grieta.
Y por las grietas entra la luz, sí.
Pero también entra el aire frío.
Días después, el veinticinco de julio, una fecha como tantas en Montevideo, pero el Día del Apóstol en Galicia, Carmen fue invitada a una mesa redonda en la Facultad de Derecho UDELAR, organizada por un núcleo de investigación de derecho digital que había surgido en seguimiento del caso del algoritmo mordaza, como había quedado identificado el asunto a todo nivel. El aula estaba llena. Estudiantes, colegas, periodistas.
Uno de los alumnos levantó la mano.
- Profesora, ¿usted cree que con esta sentencia los algoritmos van a ser más justos?
Hubo un murmullo leve.
Carmen sonrió apenas.
- Los algoritmos no son justos ni injustos por sí mismos. Son el reflejo de quienes los diseñan, los entrenan y los utilizan.
Se hizo un silencio atento.
- Lo importante - continuó - es que ahora quedó en evidencia que pueden y deben ser auditados. Que no son cajas negras intocables. Que detrás de cada decisión automatizada hay una responsabilidad humana.
Otro estudiante intervino:
- ¿Y el autor intelectual del homicidio?
Carmen sostuvo la mirada del joven.
- La justicia penal requiere pruebas, no existen las garantías constitucionales sin pruebas serias, no intuiciones y mucho menos sospechas. Las sospechas no alcanzan.
Pausa, luego continuó.
- Pero la memoria colectiva sí registra los contextos. Y a veces, eso también es una forma de responsabilidad.
Esa noche, caminó una vez más por la Rambla.
Iba a un encuentro con Tomás para cenar en un restaurant cercano, sobre la costa. Él había llegado esa misma mañana. Estaba en Montevideo de pasada, a la vuelta de una nueva misión que tuvo que cumplir en Buenos Aires. Al otro día se volvía a Madrid y quería hablar con ella.
El Río de la Plata estaba calmo, casi inmóvil. Las luces de la ciudad se reflejaban en el agua como líneas temblorosas.
Pensó en Julián.
En su obsesión por entender el patrón oculto.
En la última vez que alguien lo vio con vida.
Pensó también en lo que vendría.
Porque ya había nuevos indicios en otros sectores. Nuevas plataformas. Nuevos modelos predictivos aplicados al crédito, a seguros, a procesos de selección laboral. Sistemas que aprendían rápido. Más rápido que las normas.
El algoritmo mordaza no era un caso aislado.
Era una advertencia.
Carmen no sentía miedo. Había elegido sentir responsabilidad como persona que podía entender este tipo de situación y hacer algo por la libertad.
El homicidio había sido esclarecido en lo material. El precedente judicial estaba firme. El sistema, al menos esta vez, había reaccionado.
Pero el poder tecnológico seguía expandiéndose.
Sacó el teléfono del bolsillo. Tenía un correo nuevo de origen desconocido. Asunto: “Consulta confidencial - Plataforma de scoring crediticio en América Latina”.
Sonrió, apenas. Algo le había comentado Tomás sobre situaciones en esta línea que se venían complicando en la región. Según decían. Por supuesto que llamaría a Marina, quien en esos días estaba en modo casi rutinario.
La historia no se repetía.
Evolucionaba.
Guardó el teléfono sin abrir el mensaje. Miró el horizonte oscuro donde el río se confundía con el cielo.
El silencio ya no le parecía opaco.
Le parecía un espacio a interrogar.
Y mientras la ciudad respiraba a su alrededor, Carmen Anido comprendió que su tarea no era cerrar historias.
Era aprender a escuchar aquello que intentaban callar. El algoritmo mordaza había sido expuesto.
Siguió caminando. Hacía mucho frío. No importa el plato que eligiera, una noche así pedía un tannat estructurado, muy tánico.
Esa noche la conversación con Tomás fue muy linda, personal y de futuro. Acá y allá. Luego que se despidieron, cuando Carmen llegó a su casa le envió en un wasap una estrofa de unos versos que a ella le encantan. No sabía bien de dónde habían salido, los ubicó como cultura gaélica e irlandesa, parte de un texto que circula como bendición celta. Se animó a mandárselos porque le gustaban.
“Que el camino salga a tu encuentro,
que el viento esté siempre detrás de tí
y la lluvia caiga suave sobre tus campos,
y hasta que nos volvamos a encontrar,
que Dios te sostenga suavemente
en la palma de su mano.”
Beatriz Bugallo.
Montevideo, octubre de 2026.
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