Capítulo 7 La pendiente invisible
La conversación con Adrián Figueroa no dejó en Carmen una sensación de peligro inmediato.
Dejó algo más complejo.
Una convicción.
No estaba frente a un villano impulsivo ni a un empresario cínico. Estaba frente a alguien que creía profundamente en su modelo del mundo. Y eso era más difícil de desmontar que una simple conspiración.
En el hotel, Carmen, mientras se encendía su computadora, pensó en la conversación telefónica que había tenido con Tomás. Los breves comentarios que ella le hizo de noticias no parecieron sorprenderlo, aunque demostró gran atención escuchándola, respondiendo con preguntas concretas. En ese momento no estaba en Madrid, le dijo que en cinco o seis días tenía que estar en Santiago y la invitaba a tomar unas tapas con vino. Muy buen plan. Iría pensando preguntas para hacerle.
Prendida la computadora, abrió un documento nuevo.
No era un informe para la policía.
No era un artículo académico.
Era un mapa, un mapa mental, un mapa de ideas.
Escribió en el centro de la página: algoritmo mordaza - Arquitectura de responsabilidad
Escribió ahí unas frases como líneas de descripción de esa arquitectura.
- Núcleo matemático: Figueroa.
- Implementación técnica: Julián Acosta (Montevideo).
- Adquisición empresarial: Infranet Systems (Santiago).
- Transferencia financiera: sociedad intermedia (Galicia → Uruguay).
- Evento crítico: muerte de Acosta.
El problema no era probar que el algoritmo existía. Eso ya estaba claro. El problema era demostrar que había sido diseñado para un propósito ilegítimo. Pero eso no se resolvía con intuiciones, se resolvía con evidencia.
Su teléfono vibró.
Era Ledesma, otra vez.
- Confirmé la sociedad - dijo él sin preámbulos - . Se llama Atlántica Data Consulting. Constituida en A Coruña hace dos años.
Carmen anotó.
- ¿Objeto social?
- Servicios de análisis y optimización de datos.
- ¿Vínculos con Infranet?
- Indirectos. Un miembro del consejo de administración compartido.
Carmen sintió que la pendiente comenzaba a hacerse más pronunciada.
- ¿Y la transferencia?
- Un pago por “licencia de uso de módulo propietario”.
- ¿Fecha?
- Tres días antes de la muerte de Acosta.
El silencio fue denso.
- Inspector… - dijo Carmen con voz baja - . Si Acosta estaba negociando una modificación del algoritmo o su auditoría externa, ese pago podría haber sido el cierre de una operación… o el motivo de un conflicto.
- ¿Cree que lo estaban presionando?
- Creo que alguien necesitaba asegurar que el sistema funcionara sin interferencias.
Del otro lado del Atlántico, el inspector no respondió de inmediato.
- Carmen - dijo finalmente - , esto ya es más que una discusión sobre diseño algorítmico. Si hay dinero, hay intención económica. Y si hay intención económica vinculada a manipulación informativa, esto puede escalar.
- Lo sé.
- Y usted está en el medio.
Ella apoyó la frente contra el vidrio frío de la ventana.
- No estoy en el medio. Estoy mirando la estructura.
- Eso la pone en el medio. Por otra parte, ¿le parece neceario que pensemos en algún tipo de protección para la Dra Marina Anido? - planteó Ledesma.
Carmen lo pensó atentamente, es claro que el homicidio concido hasta ahora fue en Montevideo, no en Santiago. Y Marina era quien efectivamente estaba develando las líneas de análisis de Julián Acosta... Era un tema muy personal, concluyó rápidamente Carmen.
- Hable con ella, por favor inspector, le agradezco su iniciativa.
Se saludaron y se cortó la comunicación.
Qué hubiera comentado Ledesma de estar enterado del encuentro entre Carmen y Adrián Figueroa...
Al día siguiente, once de enero, Carmen decidió volver a la universidad. No para reunirse con profesores, sino para revisar archivos. En pocos días, luego del quince de enero, daba inicio su agenda académica compostelana y quería aprovechar ese tiempo anterior para dejar lo más encaminado posible todo lo que pudiera sobre el algoritmo mordaza.
En los registros internos del Departamento de Derecho Mercantil encontró algo que la hizo detenerse: un seminario privado organizado por Infranet Systems seis meses atrás, con el título: Arquitecturas de estabilidad informacional en entornos digitales complejos.
El ponente principal fue Adrián Figueroa.
Los asistentes fueron algunos juristas especialistas en el tema, ejecutivos de plataformas, representantes de agencias de comunicación estratégica y - lo que más la inquietó - consultores de gestión reputacional corporativa.
No era un evento técnico, era un evento de mercado.
Carmen solicitó acceso al video archivado.
El técnico de la facultad tardó media hora en localizarlo.
La imagen era sobria. Figueroa de pie frente a una pantalla blanca.
Su voz era serena, didáctica.
- La libertad de expresión en entornos digitales no depende solo de permitir que todos hablen - decía en el video - . Depende de evitar que ciertos patrones de amplificación desestabilicen el ecosistema.
Carmen anotó cada frase.
- La eliminación directa de contenido genera conflicto. La redistribución progresiva de relevancia genera armonía.
Armonía.
- Un sistema eficiente no censura. Reequilibra.
Carmen detuvo el video.
Reequilibrar.
La palabra parecía inocente, pero escondía una decisión previa: ¿qué es equilibrio? ¿quién lo define?
Volvió a reproducir el video.
En la ronda de preguntas, un asistente consultó:
- ¿Es técnicamente detectable la intervención?
Figueroa sonrió apenas.
- Solo si se sabe exactamente qué variable observar.
Carmen cerró el portátil con lentitud.
Eso no era teoría abstracta.
Era una estrategia diseñada para resistir auditorías superficiales.
Mientras tanto, en Montevideo, Marina estaba sentada frente a tres pantallas.
Había conseguido - con una mezcla de habilidad técnica y contactos internos - acceso a un conjunto de datos históricos de comportamiento de la plataforma donde Julián trabajaba.
No necesitaba violar sistemas.
Solo observar patrones.
Aplicó un modelo inverso: si el algoritmo penalizaba ciertos contenidos bajo determinadas condiciones, entonces debía existir una correlación estadística medible entre temática y caída de visibilidad.
Las primeras simulaciones confirmaron lo que temía.
Contenidos vinculados a investigaciones sobre prácticas corporativas cuestionables por el sistema experimentaban una reducción sistemática en su alcance orgánico después de alcanzar un umbral de interacción crítica.
No era aleatorio.
Era una pendiente constante.
Marina apoyó las manos sobre el teclado.
- Intención matemática - murmuró.
Tomó el teléfono y llamó a Carmen.
- No es un bug - dijo sin saludo - . Es una función calibrada.
- ¿Podés demostrarlo?
- Puedo demostrar que la probabilidad de caída espontánea es estadísticamente insignificante. La curva de descenso coincide con una fórmula de amortiguación exponencial.
- Eso es oro probatorio.
- Es pólvora - corrigió Marina.
Carmen cerró los ojos.
- Necesito que guardes copias seguras de todo.
- Ya lo hice.
- Y que seas prudente.
Marina sonrió levemente.
- Soy matemática, Carmen. La prudencia es parte del método - contestó - Y ya que hablamos de prudencia, me llamó el inspector Ledesma, planteándome la situación eventual de inseguridad o riesgo en la que puedo estar. Me pareció una persona muy profesional, muy seria, tratando el tema. De todas maneras, quedamos en que por ahora basta con que yo tenga su número de telefono directo, además de otro contacto específico que me va a pasar para una eventual necesidad de apoyo policial y que él advierta a los encargados de patrullaje en mi barrio, que pasen con cierta regularidad por el frente de casa. En este momento, estamos solos Juan Carlos y yo, los chicos están cada uno por su lado haciendo verano por playas de Rocha. Como mucho mandan un wasap por día a alguno de nosotros dos. Si me quieren atacar, lo más fácil y probable para un atacante sería intentarlo por vía informática, al menos al nivel en que hoy nos estamos moviendo.
Carmen pensó que Marina tenía razón.
Juan Carlos es el marido de Marina, desde hace casi veinticinco años. Sus hijos casi veinteañeros son Luis Alberto y María Cecilia, ambos en etapa formativa terciaria, ya lejos del liceo, y - afortunadamente - sin mostrar otras preocupaciones que las normales de su feliz edad.
Esa misma noche, Carmen recibió un correo electrónico sin remitente identificable.
Asunto: Estabilidad.
El mensaje contenía una sola línea: “Algunas estructuras colapsan cuando se exponen antes de tiempo.”
No había adjuntos, no había firma.
Carmen no sintió miedo, sino que se trataba de una confirmación.
De todas maneras era obvio que la estaban monitoreando, por lo tanto la pregunta era cómo.
¿Interceptación de comunicaciones?
¿Acceso a sus movimientos en la ciudad?
¿Alguien en la universidad?
Decidió no buscar esas respuestas. Al menos no por ahora, pensando que más adelante eso quedaría naturalmente al descubierto y ahora era gastar tiempo que era mejor destinar a otra cosa más efectiva.
En lugar de eso, abrió un nuevo documento y comenzó a redactar un borrador de análisis jurídico.
Si el algoritmo mordaza operaba como sospechaban, entonces podían configurarse varias responsabilidades. Escribió las cuatro básicas que podía apreciar:
- violación de deberes de transparencia algorítmica;
- manipulación de mercado informativo;
- posible fraude contractual si se ofrecía neutralidad inexistente;
- eventual afectación a la libre competencia si se favorecía sistemáticamente a determinados actores.
En algunos países latinoamericanos, Uruguay seguramente entre ellos, esta dimensión de responsabilidades no era tan grave a nivel empresa o no se percibía así. Pero en Europa y por eso en España, era un terreno muy riesgoso.
La dimensión del caso comenzaba a exceder lo penal, se había vuelto estructural.
Cuando levantó la vista del ordenador, eran casi las dos de la madrugada. Ya era el doce de enero.
La lluvia había vuelto.
Santiago de Compostela parecía suspendida en un silencio antiguo.
Pensó en Julián otra vez.
Un ingeniero bastante joven, brillante, probablemente orgulloso de haber participado en un desarrollo internacional.
¿En qué momento comprendió que el modelo no era neutral?
¿Intentó denunciarlo?
¿Negoció una modificación?
¿O simplemente pidió transparencia?
Carmen se permitió por primera vez una pregunta incómoda: ¿y si Julián no murió por intención ni accidente… sino por decisión?
La idea no era melodramática, también era lógica.
Si alguien consideraba que el sistema debía mantenerse opaco y si un desarrollador clave comenzaba a cuestionarlo, entonces la ecuación cambiaba.
Las redes, pensó Carmen, no solo redistribuyen información, también redistribuyen poder y éste rara vez tolera auditorías inesperadas.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
En el reflejo del vidrio vio su propio rostro, serio, concentrado.
No era una detective tradicional.
No llevaba arma.
No perseguía sospechosos por calles oscuras.
Sin embargo, sentía que estaba desarmando algo más profundo: una arquitectura diseñada para que nadie notara su intervención. Eso, entendió ahora con claridad, era lo que más irritaba a Figueroa.
No que ella sospechara, sino que estuviera entendiendo.
En Montevideo, el verano seguía vibrando.
En Santiago, el invierno persistía.
Seguía siendo enero.
Entre ambas ciudades, operaba una pendiente invisible, empujando voces hacia abajo.
Carmen sabía que estaban avanzando, pero también sabía algo más inquietante: que si el algoritmo mordaza había sido implementado a escala global, entonces Julián no era el único que conocía su funcionamiento interno. Quizá no era el único que había comenzado a dudar.
Este razonamiento abrió un nuevo interrogante respecto de cuántos efectivamente sabían y, por lo tanto, quién podía ser el próximo en volverse estadísticamente irrelevante. Esto se desbordaría, seguro. Otra de las dudas era cuán pronto.
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